Alguien voló sobre el nido del Críalo (Clamator glandarius)

El Críalo europeo, cuyo nombre merece un premio a la perspicacia, es junto con el Cuco la única especie de la avifauna ibérica que no se hace cargo de sus huevos. Ambas especies parasitan los nidos de otras aves, que incubarán sus huevos en sus propios nidos, limitándose los parásitos a poner los huevos en los nidos de aquellas, y asegurar así la supervivencia de su prole.

Sin embargo, las estrategias son bien distintas. Por lo general Cuco es más fácil de oír que de ver. Se posa en ramas altas al abrigo de algo que le tape, para emitir su “cu-cú” incansable al tiempo que vigila la actitud reproductora de petirrojos, acentores, chochines, y otras especies que parasita para colocar en sus nidos un huevo, no sin antes eliminar uno de su huésped, el cuál llevará lejos o comerá allí mismo. Mucho hay que contar sobre este comportamiento y lo que sucede a partir de entonces, pero ahora me ocupa un caso algo menos conocido que he podido comprobar recientemente.

El Críalo europeo no tiene un amplio rango de especies a las que parasitar, sino que está especializado en córvidos y, mucho más comúnmente, en la Urraca; y la estrategia es radicalmente distinta.

crialovuelo

El macho de Críalo no es sigiloso, no se esconde. Tan pronto como llega de África, o más bien, tan pronto como las urracas tienen su nido listo para albergar la puesta, el críalo vuela escandalosamente por el campo, se deja ver, casi provoca que uno deje de hacer lo que está haciendo para mirarle. Y es precisamente lo que quiere. Las urracas no son inmunes a este escándalo, e instintivamente lo persiguen y hostigan mientras él escapa y se deja perseguir, sin remitir en sus gritos ni en su actitud ostentosa. El objetivo no es otro que el de alejar la atención de la pareja de urracas de su nido, al cuál la hembra de críalo, sigilosa, se acercará poniendo un huevo. Aquí hay aún mucho que estudiar, porque continuamente se vienen haciendo observaciones que rebaten y complementan lo que ya está estudiado. Lo que se sabe de momento, es que la hembra pone 1, 2 ó más huevos en el nido de urraca, a veces retirando uno de los del hospedador, pero siempre o casi siempre dañando de alguna manera alguno de los huevos de urraca. Dentro de lo cruel del asunto, resulta fascinante comprobar cómo en una puesta de urraca parasitada por críalo, los huevos de aquella permanecen en el nido pero aparecen con melladuras, arañazos, o verdaderas grietas.

Clamator glandarius

Cuando la urraca llega al nido, normalmente no advierte la diferencia de los huevos del intruso con los suyos. Tampoco muchas veces se percata de los daños en sus propios huevos, incubándolos sin éxito junto al resto; si se da cuenta de las roturas, entonces directamente los retira, y, en cualquier caso, el Críalo ya parte con ventaja frente a sus competidores de nido.

No es la única competencia desleal en la batalla que ya está en curso. Los huevos de críalo tienen un periodo de incubación de 12-13 días, mucho menor que el de las urracas, de 17-18 días. Así, para cuando las urracas nacen (si lo hacen), éstas pesan 6 gramos y los críalos unos 60. Ni la fuerza ni la actitud reclamando alimento es comparable, y lo lógico es que a las pocas horas los jóvenes críalos ya se apoyen sobre los cadáveres de sus hermanas adoptivas. Si las urracas han descubierto la trampa y eliminan los huevos, los críalos pueden saberlo gracias a puntuales visitas en las que comprueban que todo va bien. Si esto no ha sido así, lo normal es que rompan o roben todos los huevos de urraca, de modo que ésta efectúa una puesta de reposición en unos días. En ella, el críalo vuelve a intentar el engaño. Como en este segundo intento el éxito suele ser mayor, se ha interpretado esto como un comportamiento mafioso del críalo, según el cuál el críalo castiga a las urracas, y éstas no vuelven a rechazar sus huevos sabedoras del destino que tendría su nueva puesta. Considero este análisis un antropomorfismo algo distante de la realidad. El críalo pretende, a mi juicio, forzar una puesta de reposición inmediata que asegure la supervivencia de alguno de sus huevos. Lejos de tratarse de un castigo, la estrategia cuenta con la ventaja de que los huevos de este tipo de puestas de reposición en las urracas están menos pigmentados, y son simplemente más difíciles de diferenciar de los de críalo que en las primeras puestas.

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Jóvenes críalos (Clamator glandarius) en un nido de urraca (Pica pica) con 3 y 7 días de edad.

Como vemos, los pequeños críalos eclosionan antes que sus hermanos adpotivos. Pronto es necesario que ambas urracas les alimenten, desocupando la tarea de incubación que aún deberían llevar a cabo. Así, en muchos casos como en este los huevos de urraca ni siquiera llegan a eclosionar. Éstos se quedan en el nido o son retirados de uno en uno.

Gracias al descubrimiento de este nido he podido anillar a estos dos pollitos de una especie cuyos movimientos migratorios no son aún bien conocidos. En la fotografía vemos a uno de los jóvenes con 8 días de vida mostrando un desarrollo espectacular para su corta vida, y un detalle de los dedos en disposición zigodáctila: dos dedos hacia delante y dos dedos hacia detrás. Los cuculiformes se distinguen de los paseriformes entre otras cosas por este detalle anatómico, teniendo estos últimos los dedos en disposición anisodáctila, es decir, tres dedos hacia delante y un cuarto dedo orientado hacia atrás.

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Para terminar, un breve repunte lógico: conforme el pollo de críalo crece, su aspecto es claramente distinto al de una urraca (cuando es muy pequeño puede distinguirse por las papilas de la boca o por la zigodactilia en sus patas frente a la anisodactilia de la urraca). Uno puede preguntarse por qué las urracas no detectan que el pollo que crían no está “convirtiéndose” en urraca, una vez que, por ejemplo el anillo ocular rojo que una urraca no tendría, comienza a ser visible. También cabe preguntarse si podrían aprender a rechazar los huevos de críalo, que, como vemos, no son tan parecidos, o si podrían dejar de perseguir en vuelo a los críalos si es en su ausencia es cuando se produce el cambio. Lo cierto es que se ha observado que algunas parejas de urracas son reticentes a dejar el nido solo aún viendo pasar por sus ojos el incontrolable estímulo de un críalo volando y gritando. En realidad, nos encontramos inmersos en un proceso evolutivo que lleva y llevará probablemente miles de generaciones, fruto del cuál los jóvenes críalos siguen saliendo adelante cada año, a costa de la vida de las urracas.

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